Carta a los padres, de Nicolás Prividera

Sabemos como se le habla a un muerto, y también como se le habla a un aparecido, pero no sabemos como se le habla a un desaparecido. Alguna vez lo hicimos, simplemente como si estuvieran de viaje en tierras extrañas, pero esos días de la niñez se acabaron tan pronto como la inocencia. El peronismo nunca fue para nosotros la patria de la felicidad, ni siquiera para los niños que éramos (los que tuvimos la desgracia de nacer en los ’70, aunque no tanta como la de quienes fueron adolescentes militantes de los ’70: Ellos llegaron demasiado pronto, nosotros demasiado tarde). Recién lo supimos cuando por fín encontramos a nuestros hermanos (esos “hijos” que no necesitan ningún adjetivo, como las “madres”), y así nos vimos reflejados en el espejo de la edad (la misma que tenían ustedes cuando dejaron de ser -jóvenes, retraídos, vivos-). Y antes o después, pudimos ir encontrando a vuestros compañeros, que ya tenían la edad que ustedes nunca alcanzaron… Pero ahí la historia se dispersa, como los mismos hijos cuando llegamos a ser más viejos que ustedes, queridos padres. Aunque si no logramos encontrar una Historia común, fue porque tal vez ya no la había, porque no hay “colectivo” que pueda acortar las distancias u ocultar las diferencias, si alguna vez lo hubo (y no se que es mejor: si la certeza de un mismo espíritu de cuerpo, o la incerteza de los cuerpos sin la tentación del espíritu).

Pero aún no voy a renunciar al nosotros, aunque hable por mí y no por todos, al decir que ninguno de esos espejos nos devolvió el fantasma. Los sobrevivientes (y nosotros mismos lo fuimos: no lo olviden) solo pueden hablar del pasado, incluso cuando lo proyectan a un futuro no menos ilusorio. Solo los muertos esconden el secreto del presente: ese es el amargo precio de su eterna juventud. Por eso Walsh le escribió una carta a su hija muerta (esa hija que podría haber sido nuestra hermana, pero que se convirtió en el espectro del padre): “Se muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas.” Pero eso, claro, no alcanza para calmar la angustia: “Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad. Hoy en el tren un hombre decía: -Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año. Hablaba por él, pero también por mi.” Ese sueño sin sosiego (esa columna de fuego incesante: la Historia) es la contracara del recuerdo: “El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía”. Walsh le habla a una hija como muchas veces le hablamos nosotros a ustedes: como a un fantasma que reclama sacrificio. Un mandato o una promesa: Libres o muertos (¿libres y muertos?), jamás esclavos (¿del recuerdo, de la astucia de la Historia?). “Nos despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida”, dice Walsh, como si previera la suya. Nosotros no tuvimos (ni padecimos) esa suerte, aunque algunos hijos se contenten con repetir que “su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida”. Yo no voy a condescender a la fraseología (“dieron su vida”), pero tampoco voy a echarles en cara el reproche del hijo abandonado (¿por qué no nos elegiste?). Ninguna de esas cosas es del todo cierta (sobre todo si los llevaron de noche y sin combatir), aunque el sentimiento pueda ser tan fiel como un espejismo, tan apresador como una trampa.

La generación del ’90 creció literalmente a la sombra de sus (simbólica o literalmente) derrotados padres, sin poder superar una tragedia que ya había sido decidida en una escena pasada, y que solo podían asumir con la congelada visión romántica de un paisaje después de la batalla o con el cinismo prescindente de quien se siente eximido de culpas por haberse entregado a la fe de los vencedores. El abismo simétrico se abrió así entre quienes asumieron (sin distanciada crítica) la irredenta voz del padre, y quienes rehuyeron (con frivolidad posmoderna) a su martirológica historia. Ambos enfrentaron así su irrevocable destino hamletiano: ¿Cómo ser o no ser, sin caer bajo la ardorosa sombra del (des)aparecido?

Es momento de recordar (¿no lo leyeron, o no entendieron que también hablaba de ustedes?) el aún candente comienzo de El 18 brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.” En esto nos rendimos ante la misma Historia, queridos padres, aunque para nosotros su peso sea más literal: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”. Concluye Marx, como si nos hablara también del presente, frente a los poseídos imberbes que se cantan a sí mismos como “la gloriosa JP”: “Si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observaremos en seguida una diferencia que salta a la vista. (…) En esas revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento en la realidad, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.”

No somos quien para juzgar a los muertos. Pero sí al espectro que desató la Tragedia y a los que tuvieron la suerte de sobrevivirla. Porque hay otro fantasma del padre antes, claro: nuestro dudoso Lenin (o Stalin…) es “el Viejo”, que les aceptó sus promesas de “Perón o muerte”. Los otros son los compañeros congelados en el mito de esa escena sacrificial. Y muchos hijos siguen presos de esa doble herencia, sin saber como “matar al padre”, condenados a la repetición de esa escena edípica (ahora como farsa y no como tragedia): Pues si ustedes asumieron con fervor su edipo, la tragedia fue (tal vez) porque se equivocaron de figura: en vez de matar a su padre simbólico (Perón como espectro de la Argentina plebeya) cedieron ante la pasión de lo real (Aramburu como mártir de la Argentina oligárquica), para cumplir su sueño imaginario (ser reconocidos por el Padre como sus legítimos herederos). Un proyecto que solo podía terminar en una violenta re-edipización, es decir: en la recaída bajo la órbita del padre terrible (de Lopez Rega a Videla): ¿Realmente creyeron que Perón iba a venir a fundar la Patria Socialista, o que le iban a torcer el brazo? ¿Realmente creyeron que el viejo General les iba a entregar su alma en vez de dejársela a sus enemigos? ¿Realmente creyeron poder dominar el cuerpo del peronismo inyectándole su sangre?¿Realmente imaginaron que solo podríamos verlos como mártires o héroes?

Habría que empezar, entonces (si ya hemos empezado…) por separarlos a ustedes, queridos padres, de la tradición que encarnaron, y comprender que podemos –debemos- ejercer las armas de la critica sin miedo a desaparecer (sin devolverlos a la nada, y sin asumir las naderías a las que nos condenan los mismos verdugos de la Historia). Porque la orfandad es el peor modo de encarnar la propia tradición: no se puede escapar de ella, de lo que se trata es de reinventarla. Porque negarla es negar la Historia, es condenarnos a vagar para siempre en la tierra baldía, del mismo modo que intentar repetirla tal cual fue es condenarnos a ser fantasmales encarnaciones del (solo así vencedor) padre vencido. He ahí el abismo simétrico: confundir la Historia con la nostalgia es el gran equívoco en el que pueden caer quienes reclaman la vuelta al pasado, ya sea desde la teleología historicista o desde el eterno retorno. Porque también el viejo conjuro nietzscheano (“¡líbrate del peso de la historia!”) no deja de ser otra nostálgica tradición, que sustituye el peso del pasado por la vacuidad de un presente sin fin.

“Sigues viviendo a costa mía”, le hace decir Kafka a su padre en el final de esa famosa carta que nunca envió (que no hacía falta, tal vez, siquiera escribir). También Hamlet vive a costa del fantasma y muere con él, envuelto en la paradoja: desoir el llamado también es entregarse a él (como el mismo Kafka adivina en El silencio de las sirenas). No se puede pactar con los muertos, solo queda escucharlos. En mitad de La Odisea, Ulises debe descender al Hades, para que Tiresias lo oriente en su viaje, y allí se encuentra con las “generaciones de los muertos” (aplastando como en una pesadilla el cerebro de los vivos): “Andaban en grupos, con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror”. Pero Tiresias lo conforta con su profecía: “vengarás al volver las violencias de aquellos que te han ofendido”. Mas Ulises solo puede prestar atención a una sola cosa: “veo aquí el alma de mi madre muerta; permanece en silencio cerca de la sangre y no se atreve a mirar a su hijo ni hablarle (…) Tres veces me acerqué, mi ánimo me impulsaba a abrazarla, y tres veces voló de mis brazos semejante a una sombra o a un sueño.” El fantasma es real, imaginario y simbólico a la vez. Porque, como el padre de Hamlet, la madre de Ulises sabe que está muerta (“esta es la condición de los mortales cuando uno muere: los nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, que la fuerza poderosa del fuego ardiente los consume tan pronto como el ánimo ha abandonado los blancos huesos, y el alma anda revoloteando como un sueño”). Solo que al contrario que aquel, su mandato es el de volver a la vida (“dirígete rápidamente a la luz del día”).

Esta escena clave del relato más antiguo de occidente, recuerda a un sueño repetido (y repetidamente) analizado por Freud: el encuentro del hijo con su padre muerto. Pero en esos sueños la clave es otra: porque el padre no sabe que está muerto. Zizek esclarece políticamente esa otra lectura posible, cuando cita un sueño de Trotsky en el que este se encuentra con un Lenin que no sabe que es un fantasma: “Hay dos maneras de interpretar el sueño de Trotsky. De acuerdo con la primera, la figura ridícula del Lenin que no ha muerto indica su falta de conciencia de que el inmenso experimento social que llevó a cabo terminó en la catástrofe estalinista: terror e inaudito sufrimiento masivo. El Lenin muerto que no sabe que está muerto representa nuestro rechazo a renunciar a los proyectos utópicos y aceptar las limitaciones de nuestra situación: Lenin era mortal y cometió errores como todo el mundo, así que ya es hora de que lo dejemos morir y que abordemos nuestros problemas de un modo pragmático, no ideológico… Sin embargo, Lenin aún está vivo en otro sentido: está vivo en la medida en que encarna lo que Alain Badiou llama la ‘Idea eterna’ de la emancipación universal, la lucha perpetua por lograr la justicia que ni las derrotas o las catástrofes pueden eliminar.” La conciencia de esa Idea requiere comprender que el padre vive en nosotros como Eros más que como Tánatos. Y que asumir su condición trágica no implica renunciar a la Historia, sino –antes bien- liberarla de su mortuorio sueño memorialista para convertirla en crítica activa, en acción crítica. Porque la gran lección de la Historia es que, para no convertirse en una astucia de la Razón, la crítica de las armas nunca puede sustituir a las armas de la crítica. Y ella debe dirigirse tanto hacia el futuro como hacia el pasado.

Y es que entender vuestros errores, queridos padres (entender la línea que separa al sueño de la pesadilla), es el mejor aprendizaje que podemos hacer de vuestra experiencia trágica, sin dejar de cumplir a la vez con el viejo mandato al que se enfrenta Ulises en el citado canto 11 de La Odisea, cuando se enfrenta con uno de sus propios hombres, que acaba de morir y le dice en el Hades: “Te pido que te acuerdes de mí, que no te alejes dejándome sin llorar ni sepultar, no sea que me convierta para ti en una maldición de los dioses. Antes bien, entiérrame con mis armas, todas cuantas tenga, y acumula para mí un túmulo sobre la ribera del canoso mar, ¡desgraciado de mí!, para que te sepan también los venideros. Cúmpleme esto y clava en mi tumba el remo con el que yo remaba cuando estaba vivo, cuando estaba entre mis compañeros.”

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Archivado bajo Carta al padre, Número 1

Una respuesta a “Carta a los padres, de Nicolás Prividera

  1. CARTA ABIERTA A CASULLO Y PRIVIDERA,
    Por Juan Ciucci (Agencia Paco Urondo)

    En el primer número de la revista En Ciernes se publican dos cartas que nos permiten repensar el nuevo espacio que podemos encontrar en nuestra memoria reciente. La propuesta editorial es recurrir a las cartas, esos vetustos objetos del saber, para profundizar e interpretar diversas realidades. Allí están las de Nicolás Prividera y Mariana Casullo. El primero, en la sección Cartas al padre elige escribir una carta abierta a los padres, a los de la generación de los suyos, a aquellos que han desaparecido. Y a Casullo le proponen reseñar el libro Sobre la responsabilidad/No Matar, (que reúne la polémica desatada hace unos años en torno a la violencia política de los ’70, http://archivo.lavoz.com.ar/anexos/Informe/07/2607.pdf ); en una carta que tendría a Albertina Carri como destinataria. Y en la imposibilidad de escribirla, de una carta sobre cartas, desnuda los lazos con nuestra historia reciente.

    De todo eso, sale ahora esta carta, que empiezo a escribir, como respuesta a esas cartas, a esa posibilidad de repensar hoy nuestra memoria.

    Nicolás y Mariana:

    Les escribo a los dos, sin saber si será solamente esta carta lo que compartan. Creo que no, que en el marco de lo que escriben (y viven) esta presente también la militancia de sus padres, un pasado que los une. Quería escribir una lectura critica de lo que dicen, y elijo hacerlo también en carta abierta, para poner en este gesto mi cuota de responsabilidad. El genero epistolar nos involucra de un modo más tajante con nuestras palabras.

    Sus cartas no están juntas en la revista en que han sido publicadas, pero me llevan a pensar en lo mismo. El pasado reciente de la militancia de los ’70 esta ahí como tema, que luego retoma otros posibles destinos. Nicolás aborda la cuestión del recuerdo critico de la experiencia pasada, la posibilidad de quitarlos del museo para profundizar nuestra relación con esos espectros que nos acosan. No juzgar a los muertos, pero si “al espectro que desató la Tragedia”. Y ahí empiezan a molestarme sus palabras. Hay un lugar filial que permite decir ciertas cosas sin tener que pedir permiso a nadie. Madres, Abuelas, Familiares, Hijos: todos han formado esta conciencia social que tanto tarda en aparecer, en sentir que el genocidio nos toca a todos. Pero quienes tan cerca están del horror pueden, parece, permitirse una relación más lacerante con ese pasado.

    Tu película M, tus opiniones en periódicos y esta carta siguen ese devenir. Me molesta esa postura, me disgusta tu película, tu carta. Soy un setentista: nací en el ’80, mis viejos no militaron, ni tenían una visión demasiado positiva de los militantes (ahora ha cambiado su mirada, y no solamente en ellos). Quizás por eso en el enfrentamiento generacional, se arraigó en mí desde chico un interés profundo por esa década cercana y lejana a la vez; por ese tiempo de plomo, de cuentos tristes y extraños a la vuelta de la esquina. Mis lecturas, mi formación política pasó por recuperar personas, historias, memorias. Pero siempre como homenaje, reivindicación, alegría. Tengo presente al 25 de Mayo del ´73 mucho más que al 24 de marzo del ´76. Aunque todo es parte de lo mismo, hay una decisión política en donde uno acciona la memoria. Y no por fanatismos, ni por cargar con el espectro de los ausentes. Y vos, Nicolás, creo que para intentar desacralizar la memoria (algo que comparto), al mismo tiempo la terminas despolitizando. Porque siento tus criticas y lecturas demasiado post-modernas (y vos decís esto en alguna parte de la carta, no se si de vos o de otros), y entiendo que sea ese el sino de nuestra época. Pero no permite comprender lo que pasó y lo que pasa, en quienes decidimos continuar el relato trágico de una idea de progreso y revolución. Preguntas en tu carta: “¿Realmente creyeron poder dominar el cuerpo del peronismo inyectándole su sangre? ¿Realmente imaginaron que solo podríamos verlos como mártires o héroes?”. Y la respuesta es necesariamente afirmativa, no solo en ellos sino en nosotros. Y no es nostalgia, sino entender que una lucha nos atraviesa y reencarna en nuevas almas. Porque los padres de los padres de los padres continúan esta senda. Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria. ¿Son tus padres quienes comienzan este derrotero, o tus abuelos en una plaza bombardeada? ¿O los abuelos de tus abuelos, peleando en las luchas de liberación de la patria? ¿Hay algún camino nuevo que abrieron los ´70, o no fue más (y nunca menos) que intentar la segunda independencia?

    También creo erróneo separar a Rodolfo Walsh de Victoria Walsh. Ella no siguió una lucha “de él”, y hasta es difícil saber si esa militancia no tuvo que ver con ella (podemos pensar también en el caso de Rodolfo Puiggros). Decís “esa hija que podría haber sido nuestra hermana, pero que se convirtió en el espectro del padre”. Es un juicio agraviante para semejante combatiente. Por eso este ejemplo que trabajas complejiza la línea padre-hijo en cuanto a los ideales y las luchas revolucionarias. ¿Qué generación puede atribuirse el derecho de la batalla?

    Decís que la memoria o esta estancada en los museos, o es repetida de un modo acrítico. Citando a Marx sobre el pasado que tomamos prestado para pensar el hoy, decís: “como si nos hablara también del presente, frente a los poseídos imberbes que se cantan a sí mismos como “la gloriosa JP””. Y seguís con Marx, que dice que esas resurrecciones de los muertos sirven para glorificar las nuevas luchas, para exagerar en la fantasía la misión trazada, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución. Pero (te parece) que no es ésta, no el peronismo, ni los imberbes de “la gloriosa JP”. Ni la de tantos que ni siquiera se asomaron al peronismo. El desastre montonero creo que nubla tu interpretación histórica, cayendo a veces en una liviana falta de respeto. Estos “poseídos imberbes” saben que el pasado tiene vistas del futuro, y no quedan congelados ni adheridos a él. Por suerte va siendo vieja esta historia, cierta parte de justicia va permitiendo que nuestros muertos no sean solo memoria, sino también acción política. Y no es tu generación ni la mía (si es que son distintas) las que lo hacen. Y creo por eso que suenan viejas estas memorias. Y no por vos, ni por otros (o quizás por todos); sino justamente por la Historia que nos atraviesa, y a veces nos supera. Esa Historia que somos todos, este proceso histórico que esta en ciernes.

    Y siguiendo esta lógica es que también encuentro viejas tus preguntas, Mariana. De una generación que no es la actual, que (creo) esta logrando recuperar ese pasado sin tus/nuestras dudas. Preguntas “¿Como asumir nosotros, nuestra generación, la responsabilidad de comprometernos con las escrituras de la memoria de los setenta sin ser considerados (o considerarnos) meros espectadores inocentes, ajenos, enjuiciadores e incluso, a veces, despolitizadamente académicos?” Son las dudas que arrastramos quienes nos acercamos a esa década, quizás ensimismados por la herencia. Discurrís sobre la cuestión del legado, vos, participe de una herencia cercana y profunda. Compartís con Nicolás la cercanía de las ideas en carne filial; sus padres encarnando lo que para un (otro) nosotros es ideología. La pregunta vuelve a ser: ¿que tienen de distinto los ´70? ¿Que construcción hay que aun parece ser que estamos tan lejos? La muerte, esas y otras, no solo le pertenecen a los setenta. ¿Podemos ser espectadores inocentes de la Historia que aun se vive? ¿Es que el genocidio ha quebrado nuestro lazo con el pasado? ¿No estamos unidos a los bombardeados en la plaza, a los fusilados en Suárez o en la patagonia, a los muertos de las montoneras federales, o los de la semana trágica?

    Nuevamente aparece esta sensación de post-modernia, post-historia. “¿Cómo “intervenir” con nuestra voz -formada básicamente bajo el “Nunca Más”- en una polémica motorizada por voces testigos militantes, por voces protagonistas?”, te volves a preguntar. Esta autoconciencia desplegada nos habla de tu hiriente inquisición, un volver sobre la no-sutura. En esto es todo viejo lo que decimos, porque el Nunca Más ya no representa a nadie, más allá de los que quieran enquistar la memoria. Hoy la ESMA parece ser memoria abierta, institución que se aleja del relato bienpensante radical; de esa mentirosa primavera de los dos demonios (hoy con Sabato muerto, autor responsable de aquel prologo endemoniado). “¿Dónde debe pararse nuestra generación que intenta pensar lo que no perdió pero imita y bordea y demora la pregunta por el sentido de esas palabras perdidas?” Creo que es en este ahora, en esta generación, donde debe pararse. ¿A quien le interesa nuestras perdidas, nuestras dudas, nuestras lecturas de esa generación? Supongo que solo a nosotros, que estamos ahora claramente entre dos momentos trascendentales de esta reciente historia. Y eso nos quedó viejo, se hizo viejo hace 5 años. Decís muy bien: “¿No es en cierto modo ése el camino (fotos, documentales, novelas, ensayos…) que nosotros fuimos siguiendo para acercarnos a esa época trágica de nuestra historia reciente?” Y podemos pensar en M, justamente de Prividera. Y en el 2007 conmovió un tanto el avispero memorial. Pero hoy, ya es viejo ese discurso. Aun si no ha logrado recuperar esa memoria critica nuestra generación, las próximas parecen haber superado esos momentos del dolor. ¿O es que solo fue trágica esa época? Volvemos a la gloriosa JP, que no son sus muertos, sino la vida que han hecho.

    Y como decía antes, en este setentismo que me formó, reconozco ahora como viejo todo esto que discurrimos. Un tanto por la (parcial) justicia que estamos logrando. Por la sociabilización del legado político de los ´70. Por el reconocimiento que han alcanzado Madres, Abuelas, Familiares e Hijos. Por las discusiones de futuro que no paran de aparecer. Por la distancia histórica que ya podemos tener. Creo que no es tiempo ya de proteger esa memoria; parece estar abierta y expuesta al futuro que despierta.

    Sus cartas me inquietaron, comparto alguna idea pero discrepo en ciertas líneas que intente explicitar. No sé si les interesara lo que tenia para decirles; no quise tampoco ofenderlos o trivializar lo que escribieron. Vuelvo a que creo que ya es pasado irredento todo esto. ¿A quien le interesan los ’90? ¿Alguien lee hoy la otra década infame, esa de los ’30? Sí, podemos decir, para seguir las discusiones contra los que quieren volver, pero ¿que luz encontramos en esos años? Si ni siquiera tuvimos una FORJA, ¿vale volver tan sólo para pelear con los dinosaurios? Somos una generación en entredichos, y como tal podemos ser puente uniendo ese pasado y este futuro, sin los lastres de lo que fue nuestro presente. (Agencia Paco Urondo) http://agenciapacourondo.com.ar/

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